Fechas y recuerdos

 Hay épocas del año que son especialmente sensibles para cualquier persona. Fechas, que por algún u otro motivo nos recuerdan a algo o a alguien. Ello no quiere decir que el resto del tiempo no nos acordemos, si no que, dicho recuerdo concretamente se hace más fehaciente, más vívido.
  Este año, sin embargo, la fecha que se acerca me produce un dolor anestesiado. Digo anestesiado porque ya no lo vivo con la misma intensidad que, por ejemplo, el año pasado.
  En este momento, tengo la sensación de que ciertos recuerdos y hechos forman parte de una nebulina que apenas sí los recuerdo con claridad.
  Y sé que forman parte de mí, que han moldeado mi forma de ser, que en mi memoria han quedado impresos. Que mi carácter se ha impregnado de ellos.
  Hay veces que creo que recuperé la alegría de vivir gracias a aquellos instante. Que mi fuerza vital se los debo, desgraciadamente, a aquel 22 de octubre.
  Pero lamento todo lo ocurrido porque, como dice mi yo más interno, aquello no debiera de haber pasado.
 Nunca encontraré la respuesta ni el porqué. Nunca sabré si podía haber hecho algo más, pero intuyo que en todo lo que hago, está el fondo de aquel recuerdo.

El ser deconsciente

¿Cuál debe ser nuestra postura cuando nos suceden cosas que no deberían ser aceptadas por nuestros dogmas sociales?

Todos hemos sido civilizados por una sociedad en concreto. Día a día, nos llegan mensajes subliminales acerca de cómo deberíamos ser, de qué forma tenemos que comportarnos o qué es lo que es correcto.

Según Kohlberg, psicólogo de principios del siglo XX, la madurez se alcanza cuando somos capaces de superar el código moral imperante en nuestra cultura para crear nuestros propios criterios al respecto. Una vez superada esta crisis, si se supera, podemos llegar a vernos en la tesitura de que nuestros propios criterios morales no coincidan con el resto de la sociedad, pudiendo entrar en conflicto con nuestro propio código al preguntarnos si estamos actuando correctamente. Una de las premisas del maestro Kohlberg es que dichos principios deben ser universales (haciendo referencia a Kant) y aplicables a todas las personas.

Si esto es así, si dicha premisa es la base de nuestra ética moral, se puede decir que no estamos actuando inmoralmente. Esto es lo que podríamos decir que la sociedad es moralmente inmadura si no es capaz de aceptar otras formas de entender la ética humana por lo que, si nuestras creencias no coinciden con las de nuestro entorno imperante, podemos actuar de varias maneras: viviendo en continuo conflicto con la sociedad e intentando cambiar el pensamiento circundante de una forma directa, aceptando el dogma social y renunciando a nuestra esencia personal, o, volviéndonos seres deconscientes.

Es decir, actuando según nuestro código ético, aceptando otras formas de moralidad, pero sin renunciar a nuestra esencia.

Lo que comúnmente se dice como ser tolerante.

Deseo

El deseo es algo inherente al ser humano. Nos permite soñar, analizar, vislumbrar más allá de lo concreto y tangible que tenemos a nuestro alrededor. Nos permite imaginarnos como sería nuestra vida, qué cosas nos gustaría hacer y qué cosas cambiaríamos.

El problema viene cuando dichos deseos o pensamientos superan nuestro análisis de la realidad: no podemos saber más allá de los hechos ni ver todo lo que ocurre a nuestro alrededor.

Pero, ¿qué pasa cuando nuestra percepción no concuerda con la realidad? Una amiga mía dice que "El mapa no es el territorio", y tiene, a mi modo de ver, bastante razón en sus palabras. En nuestra mente no existen más que modelos que nos permiten analizar parte del mundo que nos rodea, puesto que la realidad, es tan compleja y con tantas variables que no nos es posible comprenderla del todo.

Cuando los deseos se entremezclan con esa realidad, podemos llegar a confundir lo que ocurre con lo que podría ocurrir y podemos llegar a sentir temor incluso de que lo que quisiéramos que pasase,no fuera así.

Pero el deseo es humano, forma parte de nuestra idiosincracia como seres superiores y sólo nos queda la capacidad de poder llegar a controlar nuestros más profundos anhelos y quedarnos a la espera de que, en algún momento de nuestras vidas, realidad y deseo lleguen a ser sólo uno.

El valor de las cosas

¿Cuánto valoramos aquello que hacemos? ¿Y aquello que nos hacen? Todos tenemos una personalidad, una forma de ser, una idiosincracia resultante de todo nuestro pasado. Somos causa-efecto, y nos vamos modelando según nuestra vida va avanzando.

  Hay veces que no nos damos cuenta; que, sin querer, nos volvemos más duros, menos inocentes. Más adultos.

Y, un día, viendo una película o leyendo un libro, descubrimos el porqué. De repente, nos damos cuenta de que todas aquellas cosas que un día nos sucedieron, en su momento, no le dimos importancia pero que, inconscientemente, nos afectaron. Nos hicieron daño. Y nos hicieron cambiar.

En ese momento, cuando reflexionamos acerca de todo aquello que nos sucede, tomamos cosnciencia de porqué somos cómo somos.

Y entonces, sólo entonces, valoramos todo aquello que nos cambió. Sólo entonces valoramos las cosas.

Oportunidades

  Una vez me dijeron que la vida es como un tren. Que hay veces que pasan más rápido y otras, más despacio. Que en ocasiones pasan muchos trenes y, a veces, sólo acuden uno o dos.

  Muchas veces no nos damos cuenta de la cantidad de veces que nos pasa un tren, ya sea porque no lo necesitamos o bien, porque no lo vemos.

Pero llega un momento, siempre determinado, en que caemos en la cuenta de que el tren que nos llega, es el último. En ese instante, es necesario darse por enterado de lo especial que es ese tren, porque si no, aslgún día, nos daremos cuenta de lo importante que fue dicho viaje. Y entonces,será demasiado tarde.

  Aprovechémoslos. Aprovechemos todos los viajes que podamos, ya que si no, un día, una mañana cualquiera, despertaremos y veremos la cantidad de cosas que no hicimos y, como se suele decir, ya habremos perdido el último tren.

Reencuentros

  A veces, nos imaginamos cosas, situaciones. Nos imaginamos cómo sería una conversación con tal o cual amigo si nos volviéramos a encontrar. Pensamos en lo que diríamos, en lo que aclararíamos. Incluso, llegamos a imaginar el resultado de dicho encuentro.

Lo que pasa es que, en ese momento, no nos acordamos de que sólo tenemos control sobre nuestros propios actos; que el resto de las circunstancias sobrepasan a nuestros límites y que, con la cantidad de variables y posibles soluciones, apenas si quedará algo de lo que habíamos imaginado.

En ese caso, sólo podemos dar lo mejor de nosotros mismos, ser sinceros, y esperar que la situación resultante se asemeje lo más posible a aquello que habíamos ideado.O, cuando menos, tratar de hacer partícipe a la otra persona de nuestros sentimientos. Lo más próximo a nuestra primera intención.

La Palabra

  La palabra es un bien escaso. La palabra la utilizamos a diario: hablamos, informamos, expresamos. Nos comunicamos.

  A veces, tenemos la sensación de que nadie nos escucha, o, lo que es peor, que nadie nos toma en serio.

Pero, ¿qué ocurre cuando es al revés, cuando somo nosotros los que escuchamos y tomamos en serio lo que nos dicen? Puede ocurrir dos cosas; o que dicha persona "Hable en serio" (lo entendido por una persona seria) o bien, que la susodicha cambie de opinión. Esta última puede ser por múltiples factores, desde que se haya olvidado de lo que nos dijo a que no le interese mantener lo que enunció en un primer momento.

En ese caso, si fuera que le es imposible no faltar al compromiso, buscaría la manera de mantener su palabra, así que seguiríamos hablando de que es una persona seria.

  Por nuestra parte, tenemos varias opciones: o volvernos como la gran mayoría, personas inserias, es decir, no tomar en serio lo que se nos dice; o buscar aquellas personas que son como nosotras, las serias. Las cuales escasean.

La confianza...es complicada

  La confianza es un valor en alza; a veces, no la valoramos lo suficente ya que existen momentos en los que nuestras fuerzas flaquean.

Todos y todas nos decimos "sí, yo confío", y todos confiamos, pero, en un momento determinado, todos dudamos, nos volvemos psicópatas y nuestro crazón se acelera.

Es en esos instantes cuando necesitamos de un amigo o amiga que nos diga que se nos "ha ido la pinza", que nos estamos volviendo locos o locas y que, en realidad, todo está en nuestra imaginación.

Sólo después de un periodo de sensatez, conseguiremos decirnos a nosotros mismos que todo fue una locura.

Y volvemos a la calma.

Volvemos a confiar.

Acerca de lamanzanadedavinci

La sabiduría comprende el saber académico y el quehacer cotidiano.

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